La mortal pandemia de gripe, conocida como Gripe Española, «La Grippe» y «Bailarina«, fue la epidemia más devastadora de la historia mundial. La epidemia de gripe española (de enero de 1918 a diciembre de 1920) alcanzó todos los continentes e infectó a cerca de 500 millones de personas, un tercio de la población del planeta en aquel momento, y causó unos 50 millones de muertes. Algunas estimaciones más recientes, sin embargo, sugieren que la cifra de fallecidos pudo alcanzar la asombrosa marca de 100 millones, muy por encima del número de muertos de la Primera Guerra Mundial, que terminaba en ese mismo periodo.
Origen: ¿España, Francia o Kansas (EE. UU.)?

Víctimas de la Gripe Española ingresadas en un hospital de emergencia cerca de Fort Riley, Kansas, Estados Unidos, 1918. Foto: AP – National Museum of Health.
Pese al nombre, la pandemia no comenzó en España. El verdadero origen del virus H1N1 de 1918 es un debate que persiste entre historiadores y virólogos. Una de las teorías más aceptadas apunta al condado de Haskell, en Kansas, EE. UU., a comienzos de 1918, donde una nueva y virulenta forma de gripe habría surgido entre rebaños de ganado y cerdos antes de saltar a los humanos.
Desde Estados Unidos habría sido llevada a Camp Funston (actual Fort Riley), un enorme centro de instrucción militar que preparaba a los soldados estadounidenses para los campos de batalla de Europa. El 4 de marzo de 1918, el cocinero de la compañía, el soldado Albert Gitchell, se presentó en la enfermería con dolor de cabeza, dolor de garganta y fiebre alta. En pocas horas, más de cien soldados más presentaron síntomas semejantes. En pocas semanas había miles de enfermos. El campamento superpoblado, con soldados de todo el país, se convirtió en la incubadora perfecta para el virus, que pronto viajaría con ellos a través del Atlántico.
Otra teoría convincente, propuesta en 1999 por un equipo dirigido por el virólogo británico John Oxford, sugiere que el epicentro de la pandemia fue un hospital de campaña en Étaples, en Francia. Aquel enorme campo de tránsito y hospitalario procesaba 100.000 soldados al día y albergaba pocilgas y granjas avícolas en las inmediaciones.
La teoría de la mutación
John Oxford postula que un precursor del virus de la «gripe española», alojado en aves, habría mutado en cerdos mantenidos cerca del frente, creando la cepa letal que después se propagó entre los soldados. Al margen de su origen geográfico exacto, es innegable que las condiciones de la Primera Guerra Mundial, que abarcaban campamentos superpoblados, desnutrición, movimiento masivo de tropas y trincheras insalubres, crearon las condiciones perfectas para la difusión global del virus.
¿Por qué «Gripe Española»?
Durante la Primera Guerra Mundial, la prensa de los países beligerantes, como Alemania, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, estaba rígidamente censurada. Para mantener alta la moral y no revelar debilidades al enemigo, los gobiernos suprimieron las noticias sobre la propagación de la enfermedad entre sus tropas y su población civil.
En España, en cambio, que se mantuvo neutral en el conflicto, la prensa no estaba sujeta a tales restricciones. Los periódicos informaban con libertad sobre la enfermedad que se extendía por el país, incluido el contagio del rey Alfonso XIII. Esa cobertura abierta creó la falsa impresión de que el territorio español era el más afectado o el punto de origen de la epidemia, que acabó recibiendo el injusto apodo de «Gripe Española».
Las tres olas de la muerte de la Gripe Española

Gráfico de mortalidad de la enfermedad en Estados Unidos y países de Europa.
La pandemia de 1918 no fue un acontecimiento monolítico, sino una serie de tres olas distintas y cada vez más mortales que golpearon todo el planeta entre 1918 y 1920.
Primera ola
La primera ola, en la primavera de 1918, fue relativamente leve. Los síntomas eran los de una gripe típica: escalofríos, fatiga y fiebre. La tasa de mortalidad era baja y la mayoría de los enfermos se recuperaba tras unos días. La ola inicial, sin embargo, permitió que el virus se extendiera por todo el mundo, llevado por los movimientos de tropas durante la Gran Guerra.
Segunda ola
La segunda ola, en el otoño de 1918, fue la más devastadora. El virus había mutado y se había vuelto extraordinariamente virulento. A diferencia de la mayoría de los virus gripales, que atacan de forma desproporcionada a niños, ancianos y pacientes con la salud debilitada, la cepa mutante del virus H1N1 de 1918 mató predominantemente a jóvenes sanos de entre 20 y 40 años.
Los síntomas eran rápidos y terribles. Los pacientes desarrollaban fiebres altísimas y neumonías graves. Un rasgo distintivo era la cianosis heliotropa, una coloración azulada o violácea de la piel, sobre todo alrededor del rostro y las extremidades, causada por la falta de oxígeno en la sangre. Los pulmones de los enfermos se llenaban de líquido, lo que los llevaba a ahogarse dentro de su propio cuerpo. La muerte podía llegar en cuestión de días o incluso de horas.
Tercera ola
La tercera ola, en el invierno de 1919, fue menos letal que la segunda, pero aún más mortal que una gripe estacional típica. Se extendió por muchas partes del mundo, incluida Australia, que había logrado mantenerse relativamente aislada hasta entonces. A finales de 1920 el virus seguía circulando, pero había perdido su virulencia extrema y evolucionaba hacia las cepas de gripe estacional que conocemos hoy.
Tormenta de citocinas: ¿por qué morían tantos jóvenes?

Jugadores de béisbol usan mascarillas para reducir el riesgo de contagio por el virus de la Gripe Española en 1918, una escena que se repetiría en el deporte más de un siglo después con la COVID-19. Foto: Underwood And Underwood/The LIFE Images Collection.
La alta tasa de mortalidad entre adultos jóvenes y sanos fue uno de los aspectos más desconcertantes de la pandemia de 1918. La investigación moderna ofrece una explicación probable: la «tormenta de citocinas». El sistema inmunitario de un adulto joven y sano, al encontrarse con un patógeno nuevo y agresivo como el virus de 1918, puede reaccionar de forma exagerada.
El organismo libera una cantidad masiva de citocinas, proteínas de señalización que normalmente ayudan a coordinar la respuesta inmunitaria. Sin embargo, en una tormenta de citocinas esa respuesta se vuelve descontrolada e hiperactiva, y provoca acumulación de líquido en los pulmones e inflamación severa. En suma, era el propio sistema inmunitario robusto de los jóvenes el que, al intentar combatir el virus, acababa destruyendo el tejido pulmonar y provocando la muerte.
Los ancianos, en cambio, pudieron tener alguna inmunidad residual de exposiciones anteriores a otros virus gripales, y sus sistemas inmunitarios, naturalmente menos reactivos, no montaron una respuesta tan autodestructiva.
Medidas de salud pública durante la Gripe Española

Sesión del tribunal de San Francisco, en California, celebrada al aire libre durante la epidemia de gripe Influenza A para evitar la propagación del virus. 1918. Hulton Archive.
Ante un enemigo invisible y sin las herramientas de la medicina moderna, como antibióticos para tratar las neumonías secundarias o vacunas para prevenir la infección, el mundo de 1918 recurrió a métodos de control de enfermedades que databan de la Edad Media. Las intervenciones no farmacéuticas (NPI) se convirtieron en la principal línea de defensa.
Ciudades de todo el mundo aplicaron, con distintos grados de éxito y rigor, una serie de medidas para tratar de contener la propagación del virus. El aislamiento y la cuarentena se usaron ampliamente. Los enfermos eran confinados en sus casas, a menudo con un cartel en la puerta que avisaba al público de la presencia de la gripe.
El cierre de lugares públicos fue una medida común: escuelas, iglesias, salones de baile y teatros fueron clausurados. Se prohibieron las reuniones públicas, como mítines y desfiles. En algunas ciudades la resistencia a estas medidas fue feroz, con la población civil protestando contra las pérdidas económicas y la restricción de las libertades individuales.
Higiene rigurosa y mascarillas de protección

Paciente con mascarilla «antigripal» en 1918. El uso de mascarillas se convirtió en una imagen habitual y, en muchos lugares, en obligatorio. Foto: Topical Press Agency.
El uso de mascarillas de gasa se hizo obligatorio en muchas ciudades, como San Francisco, donde los ciudadanos que no las llevaban en público podían ser multados o detenidos. La eficacia de aquellas mascarillas de tela era limitada, pero servían como un poderoso recordatorio visual de la crisis y un símbolo de responsabilidad cívica.
La higiene pública también recibió gran atención. Se movilizaron equipos de limpieza de calles y se animó a la población a mantener la limpieza personal y a desinfectar sus casas. La vida cotidiana se alteró drásticamente. La necesidad de distanciamiento social obligó a adaptar tanto las actividades esenciales como las de ocio.
Movilización civil: héroes anónimos

El cuerpo motorizado de la Cruz Roja de San Luis, una de las muchas organizaciones civiles que se movilizaron para combatir la pandemia en 1918. Foto: Universal History Archive/UIG via Getty Images.
Tribunales como el de San Francisco pasaron a celebrar sesiones al aire libre para reducir al mínimo el riesgo de contagio. Hasta el deporte se vio afectado, con jugadores de béisbol usando mascarillas durante los partidos. La sociedad civil se movilizó de forma impresionante. Organizaciones como la Cruz Roja desempeñaron un papel vital, con voluntarios que levantaban hospitales improvisados, cocinaban para familias enfermas y cuidaban de los huérfanos.
Las enfermeras, muchas de ellas voluntarias, se convirtieron en las heroínas de la pandemia y trabajaron sin descanso en condiciones peligrosas y con recursos limitados. Estudios posteriores, que analizaron datos de distintas ciudades estadounidenses, mostraron que la aplicación temprana, sostenida y por capas de estas medidas de salud pública estaba directamente correlacionada con tasas de mortalidad más bajas.
Ciudades como San Luis, que actuaron con rapidez, tuvieron un desempeño significativamente mejor que ciudades como Filadelfia, que tardó en actuar y permitió la celebración de un gran desfile de guerra, lo que provocó una explosión de casos y muertes.
La «Bailarina Española» en Brasil: el contagio por el barco inglés Demerara
En Brasil se cree que el virus llegó en septiembre de 1918 a bordo del barco inglés Demerara, que zarpó de Liverpool e hizo escalas en Lisboa, Dakar, Recife y Salvador antes de llegar a Río de Janeiro.
SS Demerara: el barco de la «muerte»

El SS Demerara sigue siendo un símbolo trágico en la historia de la salud pública brasileña. La combinación de negligencia de las autoridades sanitarias, presiones económicas para mantener los puertos abiertos y falta de conocimiento sobre la gravedad de la pandemia produjo una de las mayores tragedias sanitarias de Brasil.
El SS Demerara pasó a la historia brasileña como el «barco de la muerte», responsable de traer la pandemia de gripe española a Brasil en septiembre de 1918. Este trasatlántico de bandera inglesa realizó un viaje dramático a través del Atlántico durante la Primera Guerra Mundial, enfrentándose a ataques de submarinos alemanes y transportando, sin saberlo, el virus que devastaría el país.
El trasatlántico operaba en la ruta Liverpool-Buenos Aires y hacía escala en diversos puertos a lo largo del camino. Durante la Primera Guerra Mundial, el Demerara ganó notoriedad al convertirse en el primer barco de la marina mercante británica que hundió un submarino alemán. El capitán fue condecorado y recibió premios, pero aquella victoria convirtió al barco en objetivo prioritario de la marina alemana.
Llegada a Brasil: Recife
El 9 de septiembre de 1918 el Demerara atracó en Recife, la primera de las cuatro escalas en el litoral brasileño. Con el puerto de Recife en obras, los pasajeros y sus equipajes tuvieron que desembarcar dentro de gigantescos cestos de tela izados por grúas. Pasajeros y tripulantes bajaron a tierra firme sin ser inspeccionados por las autoridades sanitarias.
El gobernador de Pernambuco negó la existencia de la gripe española. Si el barco estaba infectado, tendría que cerrar el puerto. Para no comprometer la economía local, prefirió dejar partir al Demerara como si nada ocurriera. Aquella decisión tendría consecuencias devastadoras.
Salvador
Desde Recife, el Demerara siguió hacia Salvador, adonde llegó el 11 de septiembre. En el trayecto, el capitán decidió limpiar la embarcación con creolina, pero de poco sirvió. En la capital de Bahía se repitió el descuido: pasajeros y tripulantes bajaron a tierra firme sin ser inspeccionados por las autoridades sanitarias.
Dos semanas después, el periódico A Tarde, fundado en 1912, contabilizaba cerca de «setecientos enfermos» repartidos por todas partes: de cuarteles a hospitales, de escuelas a iglesias. Igual que en Recife, el gobernador de Bahía negó la existencia de la gripe española para no tener que cerrar los puertos y comprometer la economía local.
Río de Janeiro
El siguiente destino era Río de Janeiro. En la bahía de Guanabara, frente a la Isla de las Cobras, ya ondeaba en lo alto de uno de los mástiles una bandera amarilla, que significaba enfermedad a bordo. Era el 15 de septiembre de 1918. El inspector de sanidad del puerto, José Maria de Figueiredo Ramos, examinó a algunos pasajeros, dos de ellos en estado grave, y constató que el barco estaba infectado.
Aun así, se autorizó al Demerara a atracar. Solo en la capital de la República desembarcaron 367 pasajeros. Unos se quejaban de un leve resfriado. Otros, de dolores en el cuerpo. Otros más, con síntomas más graves, como sangrado por la boca, la nariz y los oídos, entre otros orificios, tuvieron que ser hospitalizados.
Aunque grave, la enfermedad no era contagiosa, garantizó el inspector. Se equivocaba: era, en realidad, altamente contagiosa. A aquellas alturas, la gripe española ya había recibido los apodos más insólitos: «catarro ruso», «mal de las trincheras», «fiebre de tres días». En Río le dieron uno más: «barre viejos», porque se creía que el nuevo virus atacaba solo a la población anciana.
El rastro de destrucción
De pronto, Río de Janeiro fue tomada por la enfermedad. Muchas familias colocaban a sus muertos en la acera de casa para que los recogieran las funerarias. Faltaban camas para atender a tantos enfermos y sepultureros para enterrar tantos cadáveres. El periodista Nelson Rodrigues (1912-1980) escribió sobre la experiencia en 1967:
«De un día para otro, todo el mundo empezó a morir. A los primeros todavía se los lloró, se los veló y se los cubrió de flores. Pero cuando la ciudad sintió que era de verdad la peste, ya nadie lloró, ni veló, ni llevó flores. El velatorio habría sido un lujo insoportable para los otros difuntos. Era 1918. La muerte estaba en el aire y lo repito: difusa, volatilizada, atmosférica; todos la respiraban…»
La enfermedad se propagó rápidamente. En Río de Janeiro, entonces capital federal, la situación se volvió caótica. Con los servicios sanitarios y funerarios colapsados, los cuerpos quedaban en las calles. La población, aterrorizada, recurría a remedios populares y «curas milagrosas», como la cachaza con lima y miel, que se popularizó en la época y que algunos consideran la precursora de la caipiriña.
El gran flujo migratorio que recibía Brasil también se señala como una de las causas de la propagación de la epidemia de gripe. Uno de los casos más emblemáticos fue el del presidente electo Rodrigues Alves, que contrajo la gripe y falleció en enero de 1919, antes incluso de tomar posesión de su segundo mandato.
Montevideo y Buenos Aires
El Demerara prosiguió viaje rumbo a Montevideo, donde atracó el 23 de septiembre. A bordo, la «bailarina» (como se llamaba a la gripe) seguía cobrándose víctimas. En aguas del Río de la Plata, el saldo era ya de seis muertos y 22 infectados. Los periódicos brasileños intentaron alertar a las autoridades de Uruguay, pero el director de Asistencia Pública de aquel país, Horácio González del Solar, no les hizo caso.
Cuando llegó a Buenos Aires, el Demerara pasó por fin una inspección rigurosa. Las autoridades argentinas hicieron lo que las brasileñas no tuvieron el valor de hacer: retener el barco y desinfectarlo.
Impacto de la Gripe Española en Brasil
La gripe española mató a cerca de 35.000 personas solo en Brasil, según las estimaciones más conservadoras. En el mundo entero, la enfermedad diezmó de 30 a 60 millones de personas, muchas más que el número de muertos durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
El 10 de octubre de 1918, el entonces director general de salud pública, Carlos Seidl (1867-1929), convocó una rueda de prensa. Ante médicos y periodistas, minimizó la epidemia, cuestionó las cifras y llamó a los periódicos «irresponsables» y «sensacionalistas».
Una semana después, el presidente de la República, Venceslau Brás (1868-1966), lo llamó al Palacio de Catete y lo destituyó. En su lugar asumió el médico Theóphilo de Almeida Torres (1863-1928), que convocó al sanitarista Carlos Chagas (1879-1934) para encabezar un grupo de trabajo contra la gripe española.
COVID-19 y Gripe Española: ecos en el tiempo
Más de un siglo separa la Gripe Española de la pandemia de COVID-19, pero los ecos de 1918 resonaron con una claridad inquietante en 2020. Las dos pandemias, causadas por virus respiratorios distintos (Influenza A H1N1 y SARS-CoV-2), ofrecieron un estudio de caso fascinante sobre las diferencias y semejanzas en la respuesta humana a una crisis sanitaria global. Tanto en 1918 como en 2020, las pandemias expusieron y agravaron las desigualdades sociales existentes, y las comunidades más pobres y marginadas sufrieron de forma desproporcionada.
En ambos casos el mundo presenció la rápida propagación global, la sobrecarga de los sistemas sanitarios, el acalorado debate sobre medidas de salud pública como las mascarillas y el distanciamiento social, y la difusión de desinformación y curas falsas. La psicología del miedo, del duelo y del aislamiento fue una experiencia compartida, igual que la polarización política que muchas veces dificultó una respuesta unificada.
Las diferencias cruciales entre las pandemias
Con todo, las diferencias son igualmente notables y revelan el progreso de la humanidad. La principal reside en la ciencia y la tecnología. En 1918 los científicos no lograban siquiera identificar el agente causante de la enfermedad (muchos creían que era una bacteria y no un virus). No había antibióticos para las infecciones secundarias, ni vacunas, antivirales o ventiladores mecánicos.
En 2020 el genoma del SARS-CoV-2 se secuenció en semanas, y se desarrollaron vacunas eficaces y seguras en tiempo récord. La comunicación también marcó un antes y un después. Mientras la censura de la guerra en 1918 creó un vacío de información, la era digital en 2020 permitió la difusión instantánea de datos científicos, pero también de desinformación a una escala nunca vista.
Cabe señalar que, en cuanto a la transparencia informativa, sigue en el terreno de la sospecha que algunos países como China ocultaran supuestamente información vital sobre la pandemia de COVID-19, sobre todo en lo relativo a investigaciones de alto riesgo y fallos de bioseguridad en el WIV (Wuhan Institute of Virology), además de los relatos de trabajadores que habrían enfermado en el otoño de 2019. El informe desclasificado de la oficina de Inteligencia de EE. UU. (ODNI) describe preocupaciones de bioseguridad, pero subraya que la evidencia sobre enfermedades previas y sobre el origen mismo es inconcluyente.
Legado de la Gran Gripe

Voluntarios de la Cruz Roja combaten la epidemia. Al fondo de la imagen puede verse la impactante frase: «If I fail, he dies» («Si fallo, él muere»). Apic.
La Gripe Española desapareció de la conciencia pública durante décadas, un trauma colectivo aparentemente olvidado, eclipsado por la Primera Guerra Mundial y por la Gran Depresión de 1929 (el crac de la Bolsa de Nueva York). Su legado, sin embargo, es profundo. La pandemia impulsó la creación de sistemas de salud pública en muchos países y la profesionalización de la epidemiología.
La pandemia puso de relieve la importancia de la vigilancia global de enfermedades y de la cooperación internacional en salud. La búsqueda por entender el virus de 1918 llevó a avances significativos en virología e inmunología. La experiencia de 1918, aunque terrible, proporcionó una hoja de ruta crucial para las respuestas a pandemias futuras, incluida la de COVID-19, y nos recuerda la eterna batalla entre la humanidad y los microbios, y la resiliencia del espíritu humano ante la catástrofe.
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Referencias Bibliográficas
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